¡Gracias por tanto, maestro!

A los 88 años falleció Quino, el creador de Mafalda, entre tantos otros personajes. De esta forma, desaparece una de las plumas más importantes de la historia de la caricatura argentina.

Tuve la suerte de conocer a Quino allá por el año 2009, cuando el 30 de agosto de ese año se inauguró la estatua de Mafalda en la esquina de las calles Chile y Defensa, en el barrio de San Telmo. La elección del lugar no fue arbitraria, ya que a pocos metros de ese lugar -en el edificio de Chile 371-, vivió el creador del maravilloso personaje de historietas. Y es precisamente el lugar donde se inspiró para crear el barrio de Mafalda y sus amigos.

Una gran cantidad de público se agolpó en esa oportunidad para ver al “genio”, al “maestro”. Un sencillo atril se ubicó en la esquina, y algunas sillas que ocuparon importantes personalidades, en su gran mayoría, colegas de Quino: Hermenegildo Sábat, Caloi, Garaycochea, Rep, entre otros grandes, se hicieron presentes para homenajear al querido Joaquín Salvador Lavado, tal el nombre real de Quino. También estuvo un joven Hernán Lombardi, como ministro de Cultura porteño, quien le entregó a Quino la “Medalla del Bicentenario”.

Poco después de las 18.30 llegó Quino. Con su timidez característica se acercó al centro de la escena, donde fue recibido afectuosamente por colegas y amigos. Algunos de ellos tomaron la palabra, para finalmente hacerlo el homenajeado. Luego, y siempre ante una multitud que quería mantenerse cerca de él, Quino se dirigió hacia el edificio que había sido su casa. Caminó esos pocos metros hasta llegar a Chile 371. Allí se detuvo, miró con nostalgia el frente de la casa y procedió a descubrir una placa que reza “Aquí vivió Mafalda”.

Luego, el momento esperado: la presentación en sociedad de la estatua, obra del artista plástico Pablo Irrgang. Al descubrirla, allí apareció Mafalda, sentada en un banco de plaza, sonriente y pensativa como la conocemos. Quino la miró con cariño, le acarició la cabeza y sonrió.

Algunas palabras más, muchas muestras de afecto, y el sencillo pero emotivo acto finalizó. Quino expresó estar “sobrecogido por tantas muestras de cariño”. Su sentimiento lo definió con dos palabras: “Me enloquecieron”.

Fue al finalizar el evento, y cuando Quino se estaba yendo por una calle lateral, siempre cuidado por un grupo de personas que lo rodeaban, que pude acercarme a él, darle la mano y decirle “¡Gracias por tanto, maestro!”. Él simplemente sonrió, solamente atinó a decirme “No, no…”, y bajó tímidamente la cabeza cuando le pedí sacarme una foto con él.

Mafalda, Miguelito, Susanita, Felipe, Manolito, Guille, Libertad, han quedado huérfanos hoy… Pero el querido Quino será siempre recordado por ese humor inteligente, por esa sana ironía que despertaba una sonrisa, por haber sido un genio maestro de maestros.

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