21 enero, 2026
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El ruido de la pirotecnia en las fiestas: ¿irresponsabilidad o idiotez?


Cada diciembre, cuando el calendario anuncia la llegada de Navidad y Año Nuevo, millones de argentinos se aprestan a celebrar. Entre comidas familiares, brindis y deseos de un nuevo ciclo, una escena se repite año tras año: el estruendo constante de artificios pirotécnicos con ruido, escuchado en barrios, plazas y calles. Sin embargo, detrás de esa tradición que para muchos evoca alegría, se esconde un problema complejo que combina riesgos para la salud, impacto ambiental, vulneración de normas legales y una cultura social que resiste los límites establecidos.

Un festejo ruidoso y sus consecuencias

La pirotecnia sonora —los cohetes, petardos y artefactos que generan estruendo— no solo es parte de una estética festiva, sino que provoca efectos negativos bien documentados: el ruido intenso causa estrés, ansiedad y malestar en grupos vulnerables como bebés, personas mayores y personas con trastornos sensoriales, como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), además de provocar inquietud y peligro en animales domésticos y silvestres que perciben los sonidos de forma más intensa que los humanos.

Los estruendos también están asociados a accidentes y lesiones: quemaduras, daño auditivo, heridas por mala manipulación e incluso riesgo de incendios en zonas densamente pobladas han sido motivo de alerta por parte de especialistas y organizaciones. Aunque en años recientes se registraron menos casos graves en hospitales —por campañas de concientización y restricciones parciales—, el riesgo persiste cada fin de año por el uso incontrolado.

La irresponsabilidad de mayores junto a los chicos pudo generar una tragedia (video recibido de nuestros lectores)

Legislación vigente: normas que buscan poner un freno

El Estado argentino y distintas jurisdicciones han intentado regular esta práctica durante años con el objetivo de proteger la salud pública, resguardar el ambiente y disminuir los daños asociados al uso de artefactos ruidosos. A nivel nacional, la Ley 24.304 contempla restricciones generales sobre la venta y uso de pirotecnia, incluyendo la prohibición de venta a menores de edad sin supervisión, y la obligación de que los productos estén autorizados por la autoridad correspondiente.

Pero la regulación más contundente en los últimos años ha sido la llamada “Pirotecnia Cero” sancionada en la Provincia de Buenos Aires (Ley N° 15.406). Esta normativa prohíbe la venta y uso recreativo de pirotecnia de alto impacto sonoro —es decir, ruidosa— tanto para el sector privado como en eventos organizados por el Estado provincial, estableciendo multas, decomisos de productos e incluso sanciones más severas ante reincidencia.

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), el gobierno porteño decidió ir aún más lejos a fines de 2025: mediante una resolución impulsada por la Agencia de Protección Ambiental, declaró a toda la ciudad como una “zona calma libre de pirotecnia sonora”, prohibiendo explícitamente el uso de artefactos con efecto audible durante todo el año, incluidos los festejos de Navidad y Año Nuevo.

Además, diversas provincias y municipios del país han adoptado ordenanzas propias que restringen o directamente prohíben la comercialización, tenencia y uso de fuegos artificiales ruidosos debido a reclamos vecinales y preocupaciones por el impacto social.

Una legislación ignorada por muchos

A pesar de existir normas claras en algunos distritos, la realidad en la noche del 31 de diciembre suele ser otra. En varias ciudades, el uso de pirotecnia ruidosa se repite con intensidad, y los llamados a la policía por ruido o denuncias vecinales crecen cada año. En localidades como Regina (Río Negro), por ejemplo, se registró la utilización de fuegos artificiales pese a la existencia de ordenanzas que prohíben de manera expresa esta práctica.

Lo que surge de estas escenas es una brecha entre la legalidad y la práctica cotidiana, alimentada por una mezcla de tradición profundamente arraigada, falta de fiscalización eficaz y, en algunos casos, desdén por las normas. Ese incumplimiento pone en tensión no solo el marco jurídico, sino también los valores comunitarios que una sociedad debería compartir para convivir en espacios urbanos de forma respetuosa.

En la ciudad de Chivilcoy (provincia de Buenos Aires), se utilizó pirotecnia de alto poder en la noche de año nuevo. El video corresponde a la zona norte de la ciudad (calle Conesa y Salta)

Responsabilidad social y convivencia: ¿una tradición que debe cambiar?

Es cierto que los fuegos artificiales han sido parte de las celebraciones populares durante décadas. Para muchos, encender un petardo o un cohete es símbolo de alegría, de renovación y de un espíritu festivo latente. Pero esa tradición se enfrenta hoy a una sociedad más diversa y consciente de los daños colaterales: hay quienes sufren especialmente por el ruido, quienes temen por sus mascotas, quienes recuerdan la pérdida de audición o heridas por manipulación indebida, y quienes reclaman un festejo más respetuoso.

Resulta difícil sostener que una costumbre tenga validez plena cuando su práctica vulnera normas claras, pone en riesgo la salud, el bienestar de grupos vulnerables y el cuidado del ambiente. Las leyes y ordenanzas no surgen de la nada: responden a años de evidencia, reclamos sociales y la necesidad de proteger derechos que, en muchos casos, se ven afectados por una explosión sonora que para algunos es festiva, pero para otros es traumática.

La pregunta que queda flotando después de cada 24 y 31 de diciembre es si celebrar con ruido de explosiones realmente nos hace más felices o si, por el contrario, perpetúa una tradición que debería evolucionar hacia formas más seguras y respetuosas de compartir la alegría. En el cruce de derecho, salud pública y ética social, el desafío es transformar una tradición en convivencia civilizada, donde el festejo no sea sinónimo de estruendo, daño y desobediencia.



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